Aunque haya que apelar a un comienzo abrupto, nos interesaría demostrar primero que el proscrito de Occidente no se obsesionó por fundamentar una ciencia sino la deconstrucción de la praxis científica, en tanto apta para extraviarse en las redes y juegos de saber/poder. Conseguido lo precedente, será fácil consentir que la crítica supone una “ética débil” de la enunciación, imaginando que fuera viable mantener el término “ética”, siempre que colocamos en suspenso cualquier moral y/o ética por ser atentatorias contra las sublimes libertades de decisión, de acción y de lo que temblorosamente podríamos acordar en bautizar “conciencia” (aunque sin enredarnos ni abismarnos con ninguna de sus mitometafísicas asociadas).
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